LISTADO GENERAL
- Siete para la eternidad, novela, Tucumán, Dirección Provincial de Difusión Cultural, 1967;
- Lugar
del viento,
poesía, Tucumán, 1968;
- Caranday
de las muertes, novela, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1972;
- Los
días imposibles, novela, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina,
1972;
- El
oficio de militante, novela, Buenos Aires, Ediciones de la Flor,
1974;
- Viejo
camino del maíz, novela, México, Editorial Diana, 1979. Hay una segunda impresión
de ese mismo año. En 2013 aparece una nueva versión de la misma en la
Editorial Catálogos, Buenos Aires;
- Sol
que regresa,
novela, México, Premia Editora, 1981; Buenos Aires, Ediciòn Ciccus, 2019
- Portal
del paraíso,
novela, Buenos Aires, Editorial Losada, 1984;
- Territorio
final,
novela, Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987; y Editorial Catálogos,
2014;
- Karaí,
el héroe. Mitopopeya de un zafio
que fue en busca de la Tierra Sin Mal, Buenos Aires, Ediciones del Sol,
1988;
- Sacrificio, novela, Buenos Aires,
Ediciones Corregidor, 1991;
- La
gran noche,
novela, Buenos Aires, Ed. Letra Buena, 1993;
- Tierra
incógnita,
novela, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1994; Quito, Libros Egüez,
2012.
- El
ropaje de la gloria, cuentos, Buenos Aires, Editorial
Sudamericana, 1997. En 2001 salió una edición de bolsillo;
- Literatura
Popular Bonaerense, Vol. I, Literatura Breve, Buenos Aires, Catálogos, 2003:
- Literatura
Popular Bonaerense, Vol. II, Cuentos y Leyendas. Literatura Mapuche. Buenos Aires, por la Editorial Catálogos, 2004;
- La
estirpe de Kedoc, novela, Córdoba, Alción Editora, 2004;
- Las
montañas azules, novela; Córdoba, Editorial Alción, 2006;
- El
desierto permanece, novela, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 2006; La Habana, Arte y
Literatura, 2011.
- La
respiración de la tierra. Antología personal, Buenos Aires, Instituto
Movilizador de Fondos Cooperativos, 2008;
- El
exilio de Scherezade, novela, Córdoba, Editorial Alción,
2009;
- El
callejón del silencio, Buenos Aires, Editorial Catálogos,
2011.
- La
vida no basta, Buenos Aires, Editorial Catálogos, 2011.
- La eternidad, novela, Buenos Aires, Editorial Catálogos, 2016.
- La marea de la sombra, novela, Moglia Editor, Corrientes, 2019.
Obra literaria para niños y jóvenes
- Relatos
del mundo indígena: antología, México, SEP/Diana, l982. Son
30 cuentos
que seleccionó y adaptó;
- Relatos
indígenas,
México, Fernández Editores, l983;
- El
zorro que cayó en la luna, cuento, Buenos Aires, Ediciones Colihue,
l986. Va ya por la 5ª reimpresión;
- El
zorro que se metió a cura, cuento, Buenos Aires, Ediciones Colihue,
l992. Va ya por la 4ª reimpresión;
- Un
carancho muy devoto, cuentos, Buenos Aires, Ediciones Colihue,
l997.
Antologías preparadas
- Los
hombres y el río, antología de cuentos que preparó con Susana Szwarc, Buenos Aires,
Desde la Gente, l992;
- Cuentos
verdes. El
hombre y la naturaleza, antología de cuentos preparada con Susana Szwarc,
Buenos Aires, Desde la Gente, 1993;
- Cuentos
ecológicos. Hilos
secretos de la naturaleza, antología de cuentos preparada con Susana
Szwarc, Buenos Aires, Desde la Gente/UNESCO, 1996;
- Literatura
Popular Bonaerense, Vol. I. Literatura Breve, Buenos Aires, Catálogos, 2003;
- Literatura
Popular Bonaerense, Vol. II. Cuentos y Leyendas. Literatura Testimonial. Literatura
Mapuche, Buenos Aires, Catálogos, 2004;
- Cuentos
de las tierras altas, Buenos Aires, Desde la Gente, 2004.
CICLO DE TUCUMÁN: Territorio final / Portal del
paraíso / Sacrificio / El ropaje de la gloria / Las montañas azules // CICLO
DEL MITO: Viejo camino del maíz / Sol que regresa / Karaí, el héroe / La
estirpe de Kedoc / / CICLO DE LOS MUNDOS LEJANOS: La gran noche / Tierra
incógnita / El desierto permanece/ La eternidad / CICLO LO REAL Y LO IMAGINARIO: El exilio de
Scherezade / El callejón del silencio / La vida no basta /
CICLO DE TUCUMÁN
Texto de contratapa
El territorio al que se refiere esta novela de
Colombres es un espacio, Tucumán, pero también puede ser un tiempo: el de las
primeras décadas de este siglo, con proyecciones al siglo anterior, del que nos
llegan, en el viento suave de la memoria, los ecos de algunas glorias militares
e inofensivos espectros. Es, sí, el producto de una nostalgia, una minuciosa y
poética descripción de un mundo que se apaga, que huye como el día, lenta pero
inexorablemente. Sin embargo, no todo es moriencia, reflujo, oscilación final.
Hay también cantares y floraciones, y fuegos que estallan como signos del nuevo
tiempo, acelerando la decadencia del antiguo. Novela mosaico en la que se
enfrentan las distintas clases sociales, y en la que confluyen todas las
vertientes culturales de ese provincia. Los personajes están tratados con
dignidad: palpamos su vida real y las razones que los llevan a hundirse en un
drama a la postre pasajero, porque las sombras del paraíso mitigan pronto las
heridas, cubren todo vacío con su hojarasca, y por otra parte la historia no se
detiene a llorar a sus muertos. El nivel de su lenguaje y el poder de síntesis
que refleja nos permite leerla como una sinfonía de seis movimientos, en la que
las secuencias de gran agilidad narrativa sólo apuntan a destacar, por
contraste, la escritura morosa que marca el tono predominante, ávida de objetos
y matices, como si no quisiera dejar nada sin nombrar en esa despedida.
Juicios críticos
En su última novela Adolfo Colombres vuelve a uno
de los temas iniciales de su Portal del paraíso: Tucumán. Y el resultado es una
obra bella e intensa, donde poesía y mito no desfiguran la realidad, sino que
la exaltan. (...) El aire de Tucumán parece desprenderse de este libro, con su
olor a flores y a ingenio, con sonido de lluvia y de cascos de caballos, con el
sabor áspero del polvo entre los labios y el crepitar del incendio de la
malhoja. Hay algo muy entrañable en todo esto, un compromiso con la tierra que
arranca de zonas más profundas y oscuras que la luz de la inteligencia.
María Eugenia Valentié, en La
Gaceta (Tucumán, 6/3/l988)
PORTAL DEL PARAISO
Texto de contratapa
Voy a
hablarles de un gran mito, de ese sueño tan trillado por los “Cristos
inferiores de las oscuras esperanzas”. El hombre pudo comer también del Árbol
de la Vida, pero fue expulsado antes del Paraíso como un intruso, y restituido
así al orden de la necesidad. Leí esto en los libros, pero, cuando las banderas
me pesaron como una fe vaciada partí en busca de las grandes puertas y llamé
con obstinación. Claro que nadie acudió a abrirlas, pues se sabe que todo es
mentira en esa tierra del hambre y el deseo. Valió la pena, sin embargo. Climas
perdidos en costas de azafrán, enjoyadas por cangrejos resplandecientes. Mar de
atunes y corvinas, amotinando vientos de mariscos podridos: reflujos de una
eternidad degollada. Después la naturaleza se ausentó y vi un espacio
puramente humano, sacerdotes desplumados que recitaban sus plegarias en los
andenes. Y hubo también un tiempo rescatado, la explosión luminosa de las más
remotas tinieblas, en la que algunos encontrarían su propia eternidad, como el
abuelo Damián el desorejado, en su ceremonioso duelo con el abigeo. Pronto huyó
(o regresó) la claridad, y de eso quedó sólo un tumulto de espectros. Entró
entonces la muerte con sus timbales, y me hubiera rendido a la sentencia de que
no hay otros mundos dentro de este mundo si no me aferrase aún a mis pobres
fetiches ensangrentados, confiando en la turbia marea de los años, que cada
tanto me devuelve chillidos de guacamayos entre las hirientes trepidaciones de
las ideologías.
Juicios críticos
Un poema
sobre el paraíso perdido y recuperado a través de las palabras.
Severo
Sarduy, en un informe a Editions Gallimard, de noviembre de l980.
Vale la
pena destacar la calidad poética de la prosa de Colombres cuando el
protagonista de la novela evoca, en primera persona, su experiencia de
recuperar el paraíso por vía del erotismo, experiencia que se confunde con el
éxtasis y la aniquilación.
Juan José Hernández, en la revista Claves, Nº 6
(Buenos Aires, julio de l984)
Portal
del paraíso, última novela de Adolfo Colombres, se inscribe en un diseño
estructural de peculiar atractivo. Ello se debe, es posible, a la capacidad que
posee el texto de generar unidades de significación en extremo variadas y
expansivas.
Francisco Juliá, "Portal del paraíso de Adolfo
Colombres: un diseño para descifrar", en Argentina en su literatura,
Tucumán, octubre de l986
El autor
habla de un viaje por el mito, pero en su densa novela...se cuentan varios
viajes: por la pasión, el deseo, el amor; por América, por las almas. Pero se
cuenta fundamentalmente un viaje por el relato tratado con variedad y unidad a
la vez, desde la palabra elaborada.
Oscar Hermes Villordo, en la
revista Humor, Nº l29 (Buenos Aires, junio de l984)
Manifiesta
Adolfo Colombres dominio del lenguaje y de las técnicas...La elección exacta
del término, la capacidad real para las imágenes, van encadenadas a una trama
interesante, a un ritmo -siempre acorde con el mensaje- que puede tornarse
envolvente, demoníaco. La permanente musicalidad, el acierto en la presentación
de los diferentes escenarios, el clima sonoro y pictórico, la capacidad de
hacer intuir al lector situaciones futuras solamente con el manejo magistral de
la lengua, hablan a las claras de un autor de valía.
Graciela Ferrero, en El Litoral
de Santa Fe (l5/9/84)
A partir
de esta urgencia, Colombres utiliza una variada gama de recursos que sumerge al
lector en páginas densas, abrumadoras y subyugantes al mismo tiempo, tal vez
porque ése es el camino que eligió Esteban, el protagonista principal de esta
novela, para hacernos compartir el sentido último de la tragedia.
C.A., en "Cultura y
Nación" (Clarín, 2l/2/l985)
SACRIFICIO

Texto de contratapa
Un viaje
a Teotihuacan, la ciudad de los dioses, y el juego sacrificial, a la vez
estético y erótico, de una sensual videoasta en torno al sentido de la muerte
de los antiguos mexicanos, sirve para que Diego, un argentino expatriado, pueda
descender en el pozo oscuro de su memoria, en una morosa exploración del proceso
que lo dejó fuera del mundo, y también de los mecanismos que empujaron a seres
que amó hacia un holocausto real, en los difíciles años que nos tocaron vivir.
La obstinada defensa de los principios como genuina actitud humana frente a la
sensatez incontestable del mimetismo y la avidez con que consume la historia
los mitos cuidadosamente elaborados en la soledad son dos dimensiones que se
conjugan en esta intensa novela de Colombres, que admite así varios niveles de
lectura: desde la puramente anecdótica hasta la antropológica y etológica.
Visión en profundidad que se sostiene en la poesía del lenguaje y no en
retórica alguna. El autor prosigue en esta obra el inventario minucioso que
realizara en Territorio final y Portal del paraíso, las otras dos novelas del
ciclo de Tucumán, que aquí concluye. Si en verdad todo hombre hereda sólo un
pedazo de este mundo (como piensa Diego al partir hacia el exilio), se podría
decir que Colombres heredó esencialmente éste, por la forma brillante con que
rescata viejas atmósferas de su tierra natal. Lo confirman el Premio Ricardo
Rojas de Narrativa, que le otorgó en 1996 la entonces Municipalidad de la
Ciudad de Buenos Aires, y el Regional de Novela concedido por la Secretaría de
Cultura de la Nación (2003).
Juicios críticos
Adolfo
Colombres logra una novela apasionante, porque intercala datos antropológicos
íntimamente vinculados, aunque no lo sepamos de manera consciente, con nuestra
rutinaria cotidianeidad. (...) Colombres es un erudito, como todos sabemos.
Afortunadamente en Sacrificio la erudición cede ante la narración, variada y
multicolor, atrapante desde la primera hasta la última línea. (...) Profundidad
y entretenimiento no se excluyen, cuando finalizado el entretenimiento nos
sentimos urgidos a releer ciertas páginas y a conservar el volumen entre los
muchos que consideramos indispensables.
Eduardo
Gudiño Kieffer, en La Nación (Buenos Aires, 24/5/l992)
Novela
escrita en distintos tiempos (donde el presente se mezcla con el pasado y se proyecta
a un inevitable futuro), en distintos espacios (México, Argentina) y dominada
por distintas parábolas y bestiarios (monos, ratas, basiliscos, mimetismo
zoológico) que desde lo biológico ilustran ese deseo desmedido de dominación
con las inevitables consagraciones y holocaustos, con la clásica unión del
erotismo y lo tanático, del éxtasis y la aniquilación en una dialéctica de la
sed de muerte, este nuevo libro de Colombres podría resumirse en una sola
palabra: poesía. Poesía nacida de la coexistencia del mito con la mal llamada
realidad y que podríamos definir mejor como cotidianeidad...y de un clima
envolvente y trágico logrado no sólo a través de un lenguaje rico, musical, a
veces además próximo a las imágenes pictóricas, sino también por la estructura
interna de la obra, con las permanentes alusiones a lo legendario y a las
raíces animales del comportamiento. (...) El estilo de Colombres se caracteriza
por la morosidad en la contemplación, la minuciosidad de las enumeraciones
(erudición zoo y fitogeográfica) y la apelación constante al universo mítico
americano.
Liliana Díaz Mindurry, en La Prensa (Buenos Aires, 3/l/l993)
Por debajo de las acciones y pasiones de los
personajes, fluye en esta novela una profunda reflexión sobre la condición
humana. (...) Sacrificio da que pensar, pero no se trata de una obra
de tesis donde los personajes discuten pensadamente sus principios. No tiene en
ningún momento la dureza del tratado sino que es una excelente obra literaria
que continuamente nos conduce al fondo de nosotros mismos, desde donde afloran
esas ideas y sentimientos que acompañan desde siempre a la condición humana. Su
propio equilibrio estético le impide caer en el patetismo. Así como su
trasfondo metafísico no impide de ningún modo la presencia del humor.
María
Eugenia Valentié, en La Gaceta (Tucumán, 5/4/l992)
Sacrificio me
conmovió, me envolvió, me aceleró la taquicardia. El libro es delicado y tenso,
lentísimo y ágil, y escrito con placer por la palabra, lo que es raro. La
infancia, la muerte del abuelo, el recorrido por la iglesia de San Agustín
Acolman, la omnipresencia del sexo y de la muerte y la parábola general del
sacrificio (y sus víctimas) convergen en un libro extraño, hecho con la grandeza
de la experiencia personal y el talento del artista, además de las heridas y
rencores.
Tabajara
Rua, Florianópolis (Brasil), l0/8/l994
EL ROPAJE DE LA GLORIA
Texto de contratapa
La narración de El ropaje de la gloria,
que da título a este conjunto, revela un episodio ignorado de la historia
argentina: la relación sentimental de Manuel Belgrano con María de
los Dolores Helguero, de la que nació una hija, Manuela, a quien el prócer
reconoció en su testamento. Este amor infortunado signa los últimos años de la
vida de Belgrano, años de padecimientos y de olvido. A través de una
preciosa labor con las palabras, Adolfo Columbres logra darle vida a uno de
los personajes clave de nuestro pasado, que a menudo ha sido relegado
detrás de una imagen pueril y estatuaria. Este valioso rescate de la
personalidad olvidada de Belgrano pone en tela de juicio las inveteradas
convenciones acerca del honor y el patriotismo, y proyecta una severa mirada
sobre la gloria como un triste equívoco. Los siete relatos de este libro
se despliegan a lo largo de ciento ochenta años de historia tucumana, desde la
gesta de Belgrano y el triste final de su vida hasta el levantamiento de
los trenes acaecido en años recientes. Condensan en sus tramas, desde una
óptica muy particular, el amor y la épica de casi dos siglos de
historia. El ropaje de la gloria es un libro admirable al que
los lectores volverán una y otra vez por su poder narrativo, su prosa
cuidada y sugerente y, sobre todo, por su enfoque tan original como logrado.
Juicios críticos
Es
notable la intensa presencia de la naturaleza en estos relatos, como en toda la
narrativa del autor: ella acompaña siempre los sentimientos y las vicisitudes
de los personajes (...) De allí que la lectura de estos libros produzca el
extraño efecto de intensificar y alertar nuestros propios sentidos. Leyéndolos,
podemos oír de nuevo los coyuyos de la siesta, aspirar el olor de la tierra
mojada, sentir aromas y sabores olvidados, contemplar de nuevo el estallido de
los lapachos en flor, estremecernos gozosamente con las terribles tormentas del
verano. Otro rasgo que quisiera destacar es la presencia real de las figuras
femeninas. No hay estereotipos. Son mujeres independientes, fuertes y sensibles
a la vez, capaces de dar su vida por una causa como Pola y Ana, enamoradas y
fervientes lectoras como Camila y Gabriela, corriendo hacia el arte y la muerte
como Bárbara y Lea. Y todas con su singularidad (...) Cuando terminé de leer el
libro quedé con ganas de leerlo de nuevo.
María Eugenia Valentié, en La
Gaceta (Tucumán, 7/9/l997)
"Desde
el cuento inicial con la figura, ya en sus días finales, de un humanísimo
Manuel Belgrano, pasando por un capitán decimonónico que se debate entre la
pasión y la melancolía, hasta la guerrillera que regresa a su provincia natal
luego del exilio, podría decirse que la belleza formal, el lenguaje logrado y
la construcción impecable logran crear una atmósfera única en cada uno de estos
relatos. Sin duda El ropaje de la gloria no pasará desapercibido en
el inmenso y confuso mar de las modas en el que la novela histórica muchas
veces se aleja de lo literario para rozar el periodismo, o, tan sólo, para
responder a una demanda del mercado. Se trata de una obra de cuidadoso acabado,
intensa, de mesurado lirismo, que confirma una vez más que es posible trabajar
el lenguaje desde una perspectiva original sin dejarse arrastrar por los
modelos en boga.
Irma Verolin, en Punto
Crítico (Posadas, 2l/9/l997)
No se
trata -como lo propone la contratapa- de develar una 'historia ignorada' en lo
sentimental: el romance de Belgrano con Dolores Helguero, del cual nació su
hija Manuela Mónica. La verdadera 'historia ignorada' es tal vez la del
sufrimiento, el abandono y la miseria que signaron los últimos días del creador
de la bandera y que él vivió con despojado estoicismo. Tanto en éste como en
los otros seis relatos, Colombres (premiado autor de otras once obras
narrativas) exhibe, con sólido oficio, capacidad para articular poéticamente
los sentimientos humanos y la memoria de sus mitos.
María
Rosa Lojo, en la revista First (Buenos Aires, octubre de l997)
LAS MONTAÑAS AZULES
Texto de la contratapa
La triste
historia de amor de dos jóvenes que llegan al pueblo de Belén durante la última
Dictadura Militar nos va revelando otras dos historias más antiguas: la de
Crisóstomo Quijano, un recopilador de cantares, y la de Amadeo Funes, un
naturalista consagrado a la ciencia. La imagen del voluminoso cuerpo de Quijano
trepando los cerros en un burro detrás de las huellas del Siglo de Oro
nos concilia con la naturaleza humana. Aunque no se siente en absoluto dotado
para la literatura ni la música, se entrega a esa tarea como quien entra en la
casa de lo sagrado. El azul profundo de la montaña se convertirá para él en una
metáfora del centro del mundo, el lugar en el que todo puede ser recuperado.
También para Amadeo Funes esas montañas azules llegan a ser una metáfora, pero
no de lo sagrado, sino de la multitud de especies desconocidas que era preciso
catalogar, renunciando para ello a la felicidad y los honores. Además de un
canto a la ética, en su máximo filo, esta novela es una celebración del
lenguaje cristalino de los valles, de esas palabras que se despliegan como una
expresión de amor a lo que existe y de homenaje a lo que dejó de ser. Aunque
sin propósito alguno de caer en la biografía ni ceñirse a las limitaciones de
la historia, se advierte en estos personajes las sombras de Juan Alfonso
Carrizo y Miguel Lillo. A propósito de este libro, dijo el escritor boliviano
Adolfo Cáceres Romero: “Las montañas azules es como un regalo para quienes
seguimos las huellas de tus palabras, por la poesía que en ella palpita. Esta obra
es todo un poema de amor y esperanza, aunque trágico, como la realidad que nos
ha tocado vivir.”
Juicios críticos
Para
mí Las montañas azules es una hermosa experiencia de vida, llena de
ternura y sabiduría popular. De una manera tan sencilla vas discurriendo en un
ámbito poco frecuentado, donde tal vez el que más se te aproxima sea Di
Benedetto. De pronto me siento impotente para reflexionar sobre tu novela,
porque ella está más allá de todo razonamiento. En “Las montañas...” todo es
sentimiento, espiritualidad que se condensa en una singular relación del medio
físico, del paisaje que se anima con la presencia de sus protagonistas humanos.
Su final es tan notable como el comienzo, trágico, como la realidad que nos ha
tocado vivir con los gobiernos represores. Mi estimado Adolfo, te
agradezco de todo corazón que me hayas hecho partícipe de este festín
espiritual. Me hago la ilusión de que la escribiste exclusivamente para
mi goce estético. Creo que es como un regalo para quienes seguimos la huella de
tus palabras. Iba a decir de tus versos, porque he sentido la poesía que en
ella palpita, porque esta obra es todo un poema de amor y esperanza. Un poema
que destila el dolor de un sobrino que va escarbando en los recuerdos el paso
de su tío recopilador de cancioneros. Crisóstomo y Carmen encarnan el dolor de
un amor que al parecer llega en un momento postrero; algo similar les toca
vivir a Demetrio y Verónica.
Adolfo
Cáceres Romero, escritor boliviano, en una carta del 30/9/2002
En esta
novela, la suave melancolía que puede suscitar el viejo Tucumán, cuyas huellas
están aún presentes, contrastan trágicamente con los tiempos oscuros que
vinieron después, los del último proceso militar, que ensangrentaron esa
provincia. (...) Un lenguaje austero y poético a la vez, logra hacer
presente un pasado mediante palabras casi olvidadas. (....) Considero que “Las
montañas azules” es la mejor novela de Adolfo Colombres.
María Eugenia Valentié, La Gaceta
Literaria, San Miguel de Tucumán, 9/7/2006
“Las
montañas azules” es un libro no sólo de homenaje, sino de reinstauración de un
mundo que está allí, latiendo y resistiendo todavía. Y hay en él tantas o más
señales que en las enfermizas babeles de las metrópolis, para descifrar las
vehemencias y prodigios del universo, tanto como en sus cosmogonías hay puertas
que no hemos abierto todavía, y armonías que nos completarán si las
descubrimos. Quién más que Adolfo Colombres, este fecundo trotamundos, sabe de
ellas. De allí también que en su novela, cada tanto, alguien llora casi sin
saber por qué. Como cuando a uno se le ultraja un recuerdo. En este caso, un
mundo. Libro a libro, Colombres como escritor, ensayista o antropólogo, viene
levantando cercos para defenderlo. Así honra a su tierra, a su país. Él
también, venciendo al tiempo, año tras año, de libro en libro, renaciendo.
Leopoldo Castilla, poeta
argentino, en una conferencia dictada en la Biblioteca Nacional el 15 de
mayo de 2006.
Las
montañas azules cuenta una historia distinta a las que se leen. Entre los modos
de contar una historia, de hacer una novela, Adolfo Colombres eligió los menos
cómodos, los menos frecuentes. Eso se debe, en gran medida, a la condición
excéntrica de su obra. (...) La incomparable superficie de esta prosa insinuada
por un estilo sin regodeos oculta honduras imprevisibles en la novela
contemporánea, donde el zumbido y el temblor de lo psicológico acorralan
cualquier otra consideración. (...) Colombres tiene la gracia irreverente de no
confiar en un solo registro monótono y autoritario. Hay en su prosa una
permeabilidad que le permite asimilar ritmos e inflexiones por momentos ajenos
a la serena voz que asume desde el comienzo la narración. Esa voz toma la
precaución de ser filosófica, lítica. Vale decir, tiene el valor de romper el esquematismo dictatorial porteño de una voz
agresiva, con carraspeo viril. (...) Colombres se ha tomado en serio la
sentencia de Bufon: ha emparejado la honestidad de la letra y la honestidad
individual para ser, entre muchos o pocos, una persona y un escritor
admirables.
Luis
Chitarroni, escritor, editor y crítico literario, en una conferencia leída en
la Biblioteca Nacional el 15/5/2006.
Palabra y
ritmo de copla. La palabra dicha, oral, revivida en la escritura: toda una
paradoja, todo un desafío. Pero de desafíos y desconciertos, para los lectores
ortodoxos, Colombres tiene una bolsa llena. Porque esta novela está narrada
como por un juglar, que al lado nuestro nos cuenta nuestra historia.
Deliberadamente recrea y crea esta situación porque narra rescatando los
soportes, las estrategias el narrador oral. Y por eso la lectura de “Las
montañas azules” es detenida e infinita. No se puede leer de corrido. Es como
el ascenso a las montañas azules: hay que detenerse, no sólo porque a uno le
falta (o le sobra) el aire, sino porque se le inunda el pensamiento al recorrer
tanta hondura reverdecida, tanta hondura sabia de bucear el mundo inmediato,
que de tan cerca no se ve. (...) Para quienes hemos aprendido que la memoria de
los días, más tarde o más temprano, se impone, se revela y se rebela, ésta es
una novela imprescindible.
María Stella Taboada, profesora
de letras de la Universidad Nacional de Tucumán, mayo de 2006.
En “Las
montañas azules” Adolfo Colombres registra y crea con belleza. Utilizando las
palabras apropiadas, coagula el tiempo en el recuerdo. Una palabra cuidada,
poética, que nos retrotrae a la belleza sonora del lenguaje del Siglo de Oro
español. (...) La trama está perfectamente urdida. Las historias diferentes se
entrelazan con solidez e ingenio y el tiempo es un hilo que une los distintos
momentos en un presente único que coloca al lector frente a un viaje que se
hizo, se está haciendo o será hecho. (...) Los diálogos de los personajes son
profundos. En ellos la palabra juega el rol que debería siempre jugar, no el de
la fuga hacia el discurso hueco, sino el de que la siente profundamente. Así lo
que se dice emociona o hace reflexionar. (...) Esta novela es un grito sutil
que vuelve en ecos, en coplas, en plantas, en palabras, en pieles curtidas, en
gente de una sólida ética. Nos deja, al leerla, la sensación de que el tiempo,
que todo lo consume, no ha pasado.
Carlos
Alsina, dramaturgo y director de teatro. Tucumán, mayo de 2006
CICLO DEL MITO
VIEJO CAMINO DEL MAIZ
Texto de la contratapa
El conocido escritor mexicano Fernando Benítez dijo
de este libro: He leído Viejo camino del maíz, novela escrita con
precisión y un buen sentido de la síntesis. Sabemos que ocurre en un punto
olvidado de la provincia argentina de Santiago del Estero, en un periodo
seguramente amplio, pero no delimitado con claridad. Sus cuatro partes se
presentan como cuatro tiempos sucesivos, y describen lo que podría ser la
parábola de la marginalidad de muchos sitios de América, en los que el
"progreso" vino a hundir la historia en la fantasmagoría. Las cajas
llaman, o llamaban, a la recolección de la algarroba bajo un sol agobiante,
puro espacio de víboras. Pero ocurre ya que las compañías forestales inglesas
se llevaron la madera, que los productos importados terminaron por destruir
las industrias tradicionales, que la gente se fue, o la mató la miseria. ¿Qué
resta en la tierra del maíz? La agonía de un desierto de salitre y espinas, las
voces de un mundo desaparecido. Si la novela moderna, como dicen algunos, es
una cuestión de lenguaje, Colombres acierta a resolver la realidad lingüística
en que se sustenta este universo en el plano literario. Recurre, como otros, a
los regionalismos, pero aquí se dan en un contexto poético, donde ya no cuenta
tanto el significado de los términos, sino el sonido. Y de ahí que se pueda
afirmar que esta obra va más allá del indigenismo y las corrientes
emparentadas, como él, a lo que se dio en llamar el realismo socialista, o que
al menos elude sus vicios y esquematismos, alcanzando, a través de un sutil
despliegue de imágenes y el constante estallido de las sílabas, una extraña
belleza. Los seres y sus pasiones se vuelven permutables a los ojos de los
muertos. Los hechos se repiten, pero en sentido inverso, dejando al descubierto
esa relatividad que ayuda a entender la condición humana.
Juicios críticos
...y de
ahí que se pueda afirmar que esta obra va más allá del indigenismo y las
corrientes emparentadas, como él, a lo que se dio en llamar el realismo
socialista, o que al menos elude sus vicios y esquemas, alcanzando, a través de
un sutil despliegue de imágenes y el constante estallido de las sílabas, una
extraña belleza. Los hechos se repiten, pero en sentido inverso, dejando al
descubierto esa relatividad que ayuda a entender la condición humana.
Fernando Benítez, en el
suplemento "Sábado" de Unomásuno (México D.F., agosto
de l979)
Obra-revelación;
creación literaria desprovista en su desarrollo de esos decorados de utilería
fabricados en serie y casi adaptables a la ambientación de cualquier
localismo...Libro-parábola, libro-alarma,libro-lamento, libro denuncia,
libro-rebelión; en Viejo camino del maíz el lenguaje es por cierto el
principal protagonista y (válgame la imagen del teatro de la Hélade) el
máximo e indispensable corifeo.
Vicente Oddo, en una
monografía titulada "La magia de la palabra en la novela Viejo camino
del maíz de Adolfo Colombres”, Santiago del Estero, l983
Se trata
de una narración pulcra desde el punto de vista estilístico, de lenguaje eficaz
para describir y recrear los conflictos entre hombre y naturaleza y hombre y sociedad...Lo
extraordinario, lo mítico, coexiste con lo real, y el resultado es una bella
novela reveladora de una situación social y cultural...En suma, una atinada
narración de Adolfo Colombres en la que coexisten la historia real y la
imaginación. (...) Entre sus excelencias hay que anotar también la eficacia del
lenguaje empleado al recrear un aspecto del mundo americano donde el hombre de
nuestras tierras sale enriquecido.
Miguel Bautista, en Revista Mexicana de
Cultura (El Nacional, 3l/8/l980)
En Viejo
camino del maíz he admirado la seguridad y contención estilísticas, prueba
de una relación con la experiencia literaria que anticipa futuros textos plenos
de una madurez laboriosamente adquirida. Pienso que esta feliz apertura de tu
manejo del tiempo-espacio, aunque constreñido por el tiempo mítico que
corresponde a la temática del libro, está sin embargo presente en su último
capítulo, “LLegan los nuevos tiempos”, extraordinario colofón que resuelve no
menos bien el pie forzado de su temática, en que la sabia administración de los
vocablos indígenas realza el que podría destacarse como el mérito mayor:
desplegar una mirada amorosa y solidaria sobre la condición humana de estos
pueblos.
Vicente
Salsilli Benavides (Barcelona, 9 de octubre de 1979)
Texto de la contratapa
Santiago
Álvarez, un oscuro médico argentino, vive el cansancio de la civilización en
un mundo cerrado. La rutina del hospital le ha mostrado los rostros de la
muerte. Sus fines de semana se repiten como los naipes de una baraja. El sol
quedó lejos, entre las nieblas de su infancia. Al sentir el deseo de recuperar
el pasado, llega durante un verano hasta una mina en Potosí, donde se encuentra
con un minero que padece silicosis. Este hombre, un quechua, lo obliga a
enfrentarse con sus valores. Hay una mujer de por medio, reviviendo los
sentidos. Pero los tres caminos se separan. El médico regresa a Buenos Aires
bajo la luz de otro sol. El amor regresa y concluye; inconforme, hay un retorno
a Potosí. El minero está muerto, en vano el médico persigue su sombra por el
paisaje andino. El sol declina, arrastra al médico hasta la miseria de los
socavones. Es necesario luchar, completar el ciclo, hundirse en la negrura
abisal del horizonte. Hay en Sol que regresa un simbolismo
relevante: en un lago, un águila real acosada por los cernícalos cae en la
plaza del Quejido del Cuzco, en Huacaypata. Es el tiempo de la vindicación,
del regreso.
La presente obra recibió en 1980
el Premio Internacional de Novela Laureano Carús Pando, otorgado por el Centro
Asturiano de México. Integraron el jurado: Álvaro Mutis, Enrique Fierro
y Aurelio González.
Juicios críticos:
...quizás
el gran mérito de esta obra radique en que la idea que domina el lenguaje tiene
la forma de interrogación y no de afirmación, abriendo camino a una
búsqueda...Es así como, en los momentos más intensos en que se abre ese
interrogante, la prosa alcanza niveles de profunda belleza y autenticidad.
Alejandro Katz, Revista de Bellas Artes (Nº
4, México D.F., julio de l982)
En Sol
que regresa, el escritor argentino Adolfo Colombres nos plantea una nueva y
punzante visión sobre el destino de los grupos indígenas latinoamericanos, que
rebasa el interés antropológico o histórico para entregarnos imágenes
literarias muy logradas. A través de una prosa bella y exacta, el autor nos
entrega una de sus mejores obras novelísticas, donde personajes y situaciones
explayan un drama de contenido social...No es un documento, sino una obra de
ficción bien llevada por cauces de realismo poético.(...) A diferencia de
cierto tipo de ficción de carácter romántico y nostálgico, la exploración del
universo indígena en esta novela es un acierto, y de los mejores del
libro...Resumiendo, en Sol que regresa encarna la praxis literaria de
un joven valor de las letras hispanoamericanas, cuya pluma se destaca en estos
años por su señalamiento valiente y documentado de las realidades que
determinan a los pueblos indígenas.
Miguel Bautista, "Revista Mexicana
de Cultura", El Nacional (México D.F, mayo de l982
KARAÍ, EL HÉROE
Mitopopeya de un zafio que
fue en busca de la Tierra Sin Mal
Video de la anti presentación de este libro:
Texto de la contratapa
Si el
mito sintetiza la experiencia histórica de un pueblo, una obra literaria de
afán totalizador será por fuerza una mitipopeya. Buscando la Tierra
Sin Mal, Karaí recorre un país colmado de males y malentendidos. De él se
dice, entre otras cosas, que fue un héroe o un dios menor, el Dueño de los
Cerdos Salvajes o el Rey de los Pájaros, un desnudo vagamundo que amó la
prudencia pero huyó de la Jurisprudencia, un truhán sensual y místico, un
beatuco ambiguo y sinuoso como la vida que hizo el bien y el mal sin mirar a
quién. Más allá de su universalidad, este libro se presenta como una saga genuinamente
argentina, reveladora de las claves del infortunio de un país que no logró aún
poner en pie su derecho a la vida. Novela a la vez fantástica y realista,
trágica y cómica, grotesca y poética, inocente y pornográfica, donde la palabra
se afina hasta el delirio para enriquecer una anécdota que conjuga dos
tradiciones literarias de gran vigor: la caballeresca, que en su forma paródica
alcanza con Don Quijote un paradigma, y la indígena y popular.
Juicios críticos
La
construcción de una vasta novela, la voluntad de edificarla alrededor de un
mito, la creación de un lenguaje donde coexisten múltiples significados,
es la tarea y aventura que asumió Adolfo Colombres al escribir Karaí, el
héroe. (...) No conozco en nuestro país un intento semejante a éste que
propone Colombres: sólo como aproximación citaría a Terra Nostra, del
mexicano Carlos Fuentes. (...) Más fuerte que la erudición real es la falsa
erudición de la que se vale en esta construcción de un mito latinoamericano.
Contralectura del saber oficial, de la cultura
institucionalizada, Karaí es, al mismo tiempo, arquetipo de la
cultura sumergida. Su lectura de lo real, entonces, es réplica, contracara,
revés de lo aprendido. Sus valores son antagónicos a los del mentor, el
académico, el escriba. (...) En su peregrinaje, Karaí actúa en la ambigüedad
del dios-hombre, Dueño de los Cerdos Salvajes, Rey de los Pájaros, vagabundo,
truhán, engañador, místico, encabalgado en historias de pecado y vergüenza,
tanto como en desbordes épicos, un poco a la manera de los personajes
sensuales, medievales y renacentistas, que desembocan en Fielding, Cervantes y
Rabelais. De esa herencia es deudor este libro que, por otra parte, busca
apoyaturas y complicidades en mitos y cosmogonías indígenas, que el autor
conoce bien. (...) Un nuevo elemento marca este cambio: el manejo exasperante
del humor, la tragicomedia y el grotesco.
Pedro
Orgambide, en "Cultura y Nación", Clarín (Buenos Aires,
2/9/l988)
De ahí,
entonces, que en la densa y extendida "mitopopeya" de Colombres se
crucen por igual los mitos compensatorios de la búsqueda de la inmortalidad, de
la regeneración del tiempo, de la sabiduría proverbial, de la perfección
mística, del acceso a la felicidad, del hedonismo erótico, de la eterna
juventud, del poder absoluto, etc., encarnados o protagonizados por este
buceador de aguas turbias que navega, no siempre confortablemente, entre las
corrientes conflictivas del mito y de la historia. (...) Quizá la sustancia más
memorable de esta saga americanista sea la del lenguaje, esa lengua a mitad de
camino entre lo esperpéntico y lo barroco, que nos propone su variedad, su
riqueza y su transfiguración caricaturesca como una suerte de evocación de tres
textos esenciales de la creatividad verbal del Continente: Macunaíma, del
brasileño Mário de Andrade, Don Juan ,el Zorro, del uruguayo Francisco
Espínola, y Adán Buenosayres ,del argentino Leopoldo Marechal.
Trabajada con minuciosidad y rigor obsesivo, esa escritura de crónica
posmoderna, densamente marcada por los modelos de la memoria lingüística y por
las propias tramas y procedimientos de la literatura, parece mostrarnos
irónicamente -a través de sus bolsones neoclásicos, sus notas paródicas, sus
contaminaciones dialectales, sus neologismos, sus lunfardismos y sus
regionalimos- las sucesivas capas verbales que constituyen el pasado y los
proyectos de nuestra cultura y de nuestras conflictivas identidades nacionales.
Jorge B. Rivera, en la revista Crisis (Buenos Aires, octubre de
l988)
Adolfo
Colombres...nos presenta una de esas obras desconcertantes, que aparecen muy de
vez en cuando en la literatura de un país, desbordando los carriles de lenguaje
y de concepción literaria a que se va acostumbrando la pereza de lectores y críticos.
Esta obra es Karaí (...) Un inmenso canto al alma americana
abriéndose paso a través de sucesivas deformaciones político-culturales (...)
Si hubiera que buscar los parámetros literarios y referenciales de este libro
habría que citar, en primer término, Macunaíma, la obra clásica de Mário
de Andrade. Creo que ésta es la base y la guía de la inspiración de Colombres.
Luego el Quijote, por la "divina sinrazón" del héroe, y
Rabelais, Gargantúa y Pantagruel, como impulso hacia lo pánico, lo
descomunal y goliardesco de un lenguaje y de una mitología que se vive más a
través de la particularidad verbal que por las situaciones mismas. (...) No es
el objeto de estas líneas otro que el de señalar la obra absolutamente
distinta, poderosa, ambiciosa, en un horizonte literario donde lo ramplón
prevalece. (...) El léxico que usa Colombres con una creación paciente, es
quizás el más extenso utilizado hasta ahora en las letras argentinas...Utiliza
arcaísmos, indigenismos, lunfardo, palabras guaraníes, ritmos poéticos y una
acción abrumadora. (...) Es un libro distinto. Está en el lector juzgar.
Trasciende de lejos las pobres intenciones literarias de nuestros
connacionales. Su apuesta es tan grande y alta como el esfuerzo de crear este
verdadero océano verbal.
Abel
Posse, en La Gaceta (Tucumán, 4/l2/l988)
...hay un
inusitado poder de fabulación que extrae su fuerza de la convergencia de
cambios y de culturas, donde conviven Cuyén con el Padre Original, el gigante
Elal con el Yasí-Yateré, el Pujllay con los querubines, los lagos del Sur con
la fantástica pero harto conocida ciudad de Trapisondia. Hay, sobre todo, un
héroe menudo y falible, astuto a fuerza de golpes, conmovedor por su capacidad
de renuncia y su inconmovible fe, en cuya tenaz debilidad tiene su último
refugio la olvidada sabiduría de la Tierra.
María
Rosa Lojo, en La Nación (Buenos Aires, l9/2/l989)
Drama de
la "extranjería" del americano en su propia patria, comprobación de
la "ajenidad" a lo que debería ser "su" cultura,
reconocimiento de la impotencia del descendiente de europeos para poder llegar
a "reconocerse" en el mundo indígena, son algunas de las líneas que
surgen con fuerza de esta narrativa concebida como herramienta del propio
conocimiento, de la que la "mitopopeya" Karaí, el
héroe (l988) es su mejor resumen. Es en esta obra donde la búsqueda
inmemorial de la Tierra Sin Mal trasciende la épica de la aventura
narrada, para convertirse en símbolo de una expedición inherente a la condición
humana y donde se reconoce sin dificultad lo más profundo y secreto de América
Latina.
Fernando
Ainsa, "Movimiento centrípeto y movimiento centrífugo de una narrativa con
raíces universales", París, 1992.
KARAÍ, EL HÉROE
Donde se intenta en vano definir lo indefinible
Así como
el árbol busca la luz y el insecto el polen, buscó Karaí en su azarosa
existencia la Tierra Sin Mal, anhelando purificar su sangre
imperfecta de cuanta sabandija la anidaba y poseer la grandeza de corazón que
se precisa para practicar la buena ciencia de su gente. En un ya lejano
amanecer opacado por la neblina vivificante recibió del cedro sagrado la
palabra, y aunque mucho tiempo consumió en pulirla mientras se calentaba de
noche junto a las cenizas húmedas de los fogones, nunca llegó a dominarla del
todo. Ambiguo y sinuoso como la vida, reverenció tempranamente al aguaribay y a
la higuera brava, entablando con ellos solitarios coloquios y haciéndolos
crecer con sus rezos. A la flor de mburucuyá, su preferida, le pidió que lo
guiara por los caminos del mundo, socorriéndolo con su poder milagroso, pero
antes de partir rastreó en el humus de la selva la vaga historia de su raza,
los crípticos mensajes de los que se habían quedado ya con la cabeza doblada
sobre los brazos cruzados. Cabe reconocer que también se interesó por las
mujeres, aunque nunca se detuvo a cultivarlas como corresponde por fidelidad a
su destino, que no era de casamiento, y por aborrecer los ósculos, zalamerías y
mimosuras. Si de tanto mariposear sus arropes abusó en ocasiones de su
inocencia con proverbial torpeza, cual un voluble violador de intimidades, fue
para distraerse un poco y no para dar alas a una leyenda que jamás le preocupó
en serio. Bien subraya el cronista Santillán que con las chofetas no gastó
conversas de glorieta, y si la Necesidad, siempre enemiga de la Ley,
lo impulsó eventualmente a zarandear un currículo, lo hizo a la carrerilla y
sin prosar una espiritual epistolilla. Fue así para unos un héroe manso como
caballo de procesión, y para otros el más pintado y veleta truhán de estas
australes latitudes, un melómano puesto en el oficio del trinca que trinca, que
soliviantó la puerta del recato para excrementar en el dorado hostiario de la
honestidad. Según éstos, numerosas zagalonas y mozas militantes lo habrían querellado
ante el tribunal de los impíos, acusándolo de haberle capujado la doncellez con
destemplados sopeteos y, lo que es peor, sin su pleno consentimiento expresado
por escrito ante notario o agente público, lo que le valió al redomado pícaro
la condena, no por cierto de los discretos togados (que como sabios varones que
eran clausuraron sus oídos a tal suerte de necedades), sino de la femenil grey,
que lo tachó de cerdo de asociales instintos y le endilgó un centenar de
irreproducibles epítetos. Curiosamente, las alegres cuñataí de su tierra, de
más sentimientos y menos fruncimiento, incondicionales admiradoras de sus
dones, lo llamaron también Dueño de los Grandes Cerdos del Monte, aunque eso
fue después, cuando la hiedra de los años y la fantasía de los ociosos adobaron
su memoria. Más le cuadra el título de Padre o Rey de los Pájaros, que ejerció
en su bullente juventud, como veremos. Pero amén de un ave de alta cantoría fue
un empecinado viajero, fuego itinerante embrujado por un sueño que lo llevó a trajinar
dudosos mapas, dando crédito a una geografía falsificada por vaya a saber qué
oscura caterva de cartógrafos, y también a andar metiendo el hocico en todo
agujero bonito, como el Coatí. A la postre resultaron inútiles con él los
latines y moralinas de la civilización, a los que pisoteó sin saña, pero como
no se entregó al viento que corre ni le faltaron acertadas enseñanzas, pudo
alcanzar al fin la ansiada y terrenal meta de su travesía. Terrenal, sí, porque
él no fue de esos chupalámparas que dejan la piel en un ramaje para subir
piando al cielo, por más que el jesuita Blas Carmona afirme lo contrario en el
legajo de beatificación del zafio, añadiendo en el introito que por su dignidad
y virtud lo llamaron Karaí Marangatú. Pues si bien es cierto que tuvo por norma
la prudencia, huyó siempre de la Jurisprudencia, hallándola una dama harto
caprichosa; y si fue un dechado de sabiduría -a la que sembró de a poco y sin
alardes, por no ser boca de mucho decir ni pico de cacareo- también lo fue de
zafaduría. Concluye por eso la moderna historiografía que no fue un tragasantos
ni un lamberrosquetes, sino tan sólo un héroe, un hombre, un singular vagamundo
que hizo el bien y el mal entremezclada e inadvertidamente, sin poner en la
fuerza del acto la pasajera fatuidad del propósito.*
* Con todo, bueno hubiera sido, para
coronar tanta devoción popular, que el beato Karaí del Porro tuviera un
lugarejo en los vaticanos altares, aunque más no fuese engrosando el famulato
de la Gloria, junto a los tostados Martín de Forres y San Balthasar, a
José de Cottolengo, el portero Pascual Bailón y los pajes San Proto y San
Jacinto. Pero ya sabemos qué de obstáculos ponen las eclesiásticas jerarquías
al místico ascenso de los rabopelados.
LA ESTIRPE DE KEDOC
Texto de la contratapa
Pocos
años después de publicar su Karaí, el héroe. Mitopopeya de su zafio que
fue en busca de la Tierra Sin Mal -novela elogiada por la
crítica como un arquetipo de las culturas sumergidas, emparentada por un lado
con la tradición que viene de Fielding, Rabelais y Cervantes, y por el
otro con los mitos cosmogónicos de América, el Macunaíma de Mario de
Andrade, Terra Nosíra de Fuentes y Adán Buenosayres de
Marechal, con un manejo exasperante del humor, la tragicomedia y el grotesco
y un lenguaje oceánico trabajado con rigor obsesivo-, Adolfo Colombres
acometió la escritura de esta segunda obra estrechamente vinculada al mito,
para seguir explorando su conflic-tiva relación con la historia. Comprimiendo
al máximo la duración, esta saga une en el tiempo de seis generaciones el
origen de las estrellas con las atrocidades de nuestra última
dictadura militar. Kedoc carece de la gracia y humanidad de Karaí. Ni
la ética ni la mística entran en sus preocupaciones, y la risa provocada
por sus "hazañas", que llegan a lo repugnante, reside en el
humor negro del narrador, quien por momentos parece volverse cómplice de sus
crímenes. Ensangrentado con las miserias de la historia, y tras estallarle la
conciencia, Kedoc inicia a tientas un sinuoso viaje de regreso a las
luminosas esferas del mito, y aun cuando recrea al final el mundo, seguirá sin
saber qué le pertenece.
Juicios críticos
La
estirpe de Kedoc escapa a mi juicio a cualquier clasificación. Pareciera
que flotando sobre una tradición mítica y realista a la vez, se desenvolviera
un tejido de poema en compleja trama de novela bizantina. Como el Persiles
y Segismunda, o en las gestas caballerescas de Tirant le Blanc, o Tristán
de Leonis o Amadís de Gaula, o el Caballero del Grial, donde el viaje
interminable es crucial e iniciático. Con la diferencia de que nuestro Kedoc
sólo anhela sobrevivir a cualquier precio, sin ninguna intención
salvífica, explícita o secreta, imagen de la condición humana desastrada y
mezquina. (...) Con un lenguaje torrencial, sin respiros, Colombres ha
compuesto una obra que crece en intensidad capítulo a capítulo, desde un
comienzo casi bucólico a la negrura más sobrecogedora. En esta narración
advierto que el lenguaje se ha vuelto entrañable, que regresa a la raíz, que se
ha encauzado rescatando las formas de la oralidad más añorada, que ha
conseguido la expresividad propia de esta parte del mundo. Novela o
teogonía, La estirpe de Kedoc nos embarca en un viaje a principios
insondables, a la raíz de nuestro existir, hecha, como dice sabiamente Thomas
Mann, de regocijos naturales y de miseria sobrenatural. Kedoc no se agota
en una lectura y menos en estos apuntes. Es un tesoro de la más pura, original,
terrible y conmovedora narrativa.
Leonardo Martínez, poeta
argentino. Texto leído el 30/6/2004 en un programa de radio de Buenos Aires
La
estirpe de Kedoc atesora y teje con finísimo estambre simbólico una
metáfora que nos compete como latitud. El persistente estado de degradación, la
colonización incesante, la desmemoria y la falta de conciencia, no sólo como
individuos, sino como parte del entretejido que conforma la identidad de un
pueblo. Aquí, algo reclama reparación, redención. (..) Este ser deleznable, que
no consigue elevarse más allá de sus propias miserias, incapaz de gratitud, de
solidaridad, sin el menor atisbo de conciencia, tiene la posibilidad y el
mandato de reconstruir el mundo, que se reveló mal hecho en un principio, y por
dos veces ni siquiera aparece la noción de responsabilidad en la concreción de
semejante prodigio. Es más, este personaje, maravillosamente verosímil y de
impecable trazado psicológico, se halla muy cómodo en su piel de irresponsable
y timador. (...) No es extraño este Kedoc a quien nada que sea ajeno a su
conteporaneidad le importa. Ni ancestro ni devenir. Sólo nos queda suponer la
inmediatez como acto de afirmación de alguna suerte de memoria capaz de operar
en él, como sustituto de conciencia. (...) Es mucho lo que puede decirse de
esta estupenda novela de Colombres. Personalmente me trajo a la memoria al
maravilloso personaje de su novela Karaí, el héroe, que pareciera ambular
las páginas presentes, como el revés de esta creatura que hoy nos convoca.
Graciela Zanini, poeta y
profesora de letras de la UBA (30/6/2004)
Quiero
comentarle que leí “La estirpe de Kedoc” y me pareció uno de sus mejores
libros. Al menos yo lo disfruté muchísimo, me pareció un juego literario
delicioso.
Susy Delgado, poeta y periodista paraguaya. Directora
del Suplemento Cultural de La Nación de Asunción (carta del
10/9/2004)
CICLO DE LOS MUNDOS LEJANOS
LA MAREA DE LA SOMBRA
(De reciente aparición)
Texto de contratapa:
Teodoro Bogado, un sociólogo argentino, llega a un oasis del
Desierto Occidental de Egipto, vecino a Libia y el Gran Mar de Arena, en
compañía de su hija Iris, una niña de ocho años. Ambos vienen golpeados
por la muerte trágica de Lea, mujer de Teodoro y madre de Iris, quien fue
brutalmente asesinada una noche de invierno para robarle el automóvil en que
regresaba a su casa de Vicente López, hallándose embarazada de un segundo hijo.
Teodoro arrastra también otra muerte luctuosa de su primera juventud, la de una
militante política en los años de plomo. Ambos hechos forman una oscura marea
que interrumpirá continuamente el curso de su actual historia en el
desierto.
En el hostal donde se alojan trabaja Selma, madre de Yamilka,
una niña de la edad de Iris, con quien ésta se entenderá muy bien, a pesar de
carecer de un lenguaje en común. Pronto se sumará a sus juegos Sheila, una
muchacha enigmática y llena de silencios, quien viene con Nafi, un encantador
burro blanco. El tiempo de Teodoro oscila así entre las andanzas de su hija en
esa realidad tan diferente, y el asedio de esos recuerdos dolorosos de los que
no puede ni quiere librarse, pues sin ellos su vida perderá todo sentido.
La
tensión crece cuando llega Wajda, una joven de El Cairo que trabaja en el
mercado del arte, a quien Iris incorpora a su círculo. Al principio Teodoro
resiste su influjo, pero todo se sume en un clima de pesadilla cuando
regresando de un largo safari por el Sahara profundo son asaltados por una
banda armada que secuestra a Iris y Wajda para llevarlas a Libia. El relato
sigue por las arenas de Sudán y
también en Alejandría, donde se cruza con las huellas del escritor inglés
Lawrence Durrell y su célebre Cuarteto.
Cabe destacar que ya otras novelas de
Colombres transcurren en África, como La
gran noche, El desierto permanece, El Callejón del silencio, La vida no basta y
La eternidad. En todas ellas, se trata de tocar fondo en la
condición humana.
LA GRAN NOCHE
Texto de la contratapa
A fines
de los años '60, dos hombres y una mujer llegan al África Occidental desde
Buenos Aires, con el propósito de filmar una serie documental para
la televisión. Al canal le interesa explotar la veta exótica de dicho
continente, que está a la vez tan cerca y tan lejos de nosotros. Eduardo, el
cameraman del grupo, se ve atrapado progresivamente por un mundo que se
resiste a ser bastardeado con un lente deformante, y que lo arrastra hacia el
fondo de una historia colmada de horrores, en la que el pillaje colonial
y la misma condición humana se convierten en personajes, desplazando por
momentos a los viajeros. Un entrecruce de múltiples planos narrativos compone
un fresco poético en el que la línea argumental parece siempre amenazada por
los desbordes de una conciencia colectiva que se mueve en un juego de llamadas
y respuestas. La búsqueda constante en el plano del lenguaje no vacía las
ideas sino que las enriquece, y sirve para ir arrancando las máscaras con las
que se disfraza la opresión para anclar en el mismo corazón de la
tiniebla. Nunca hasta ahora África entró con tal fuerza en la literatura de
América Latina, convirtiéndose en un espejo en el que vemos reflejada
nuestra propia miseria, así como el drama histórico y las vertientes culturales
que nos unen
Juicios críticos
No se trata
de un pastiche, ni de una parodia, ni de la búsqueda de una entonación
africana, modalidades más propias de la narrativa de la última década. Dentro
de la estética de los '7O, La gran noche está lejos de ser una novela
folklórica que explote el exotismo, y Colombres no presume de portavoz del
mundo negro. El personaje del cameraman argentino, que se interna en el
continente, propicia una visión objetivista, casi técnica, ajena al principio a
todo lo que no sea el encuadre de las imágenes en la lente. Lo subjetivo
y existencial corresponde a las historias individuales y a las relaciones de
los integrantes del equipo de filmación. Pero, poco a poco, los dos planos
empezarán a interferirse hasta que la cámara ceda el lugar al cuerpo y,
obviamente, todo cambie.
Cristina Siscar, en la
revista Humor (Buenos Aires, septiembre de l993)
Esta
prosa rica, densa, da la impresión de haber desafiado el siempre vasto género
novelístico, yuxtaponiendo los recursos del cuento, del texto, de la crónica,
del teatro, del guión cinematográfico y, por supuesto, de la poesía en sí
misma. Si en algo aparece África en esta novela es en la desmesura de un
lenguaje que da la idea de que únicamente recurriendo a lo desbordante se puede
hablar de este continente. Pero sin duda, lo más interesante es el lenguaje en
sí mismo, que se parcela, se quiebra, se fragmenta, se interrumpe
deliberadamente con marcas claras. (...) Tributaria en cierto sentido del
objetivismo, sostenida con un ágil ritmo narrativo y una relumbrancia trágica a
lo Rimbaud, cercana a la belleza de lo terrible, la novela da la sensación de
un conjunto heterogéneo de elementos que avanzan hacia una zona de disolución.
Jorge
Lafforgue, en una conferencia leída en el CEHASS, Buenos Aires, en septiembre
de l993
Ciertamente,
y éste es uno de los encantos de la novela: vivencias, relatos crudos y tiernos
y cosmologías extrañas emergen como el más allá que le da vida a la
máscara...Pero claro está que es una novela, en sus formas de vanguardia, pero
también una crítica de ese genero occidental y burgués, en el sentido más
estricto de la palabra. Adolfo Colombres habla desde entre nosotros. Su ironía,
su denuncia, su elaboración técnica, así lo demuestran. (...) ¿Cuál es el
destino de Eduardo, extraviado en la gran noche? Colombres no se abandona
necesariamente a la negatividad del Carpentier de Los pasos perdidos,
donde el personaje, tras haber recorrido hacia atrás la filogénesis de la
especie, debe regresar a su siglo, por la manifiesta incapacidad de renunciar a
su propia ontogénesis. El destino de Eduardo, en cambio, es sólo un
interrogante. ¿Podemos dejar de ser en este tiempo y en esta cultura para
abandonarnos a la otredad?
Ricardo Kaliman, "Atravesar
el vidrio", conferencia leída en la Universidad Nacional de Tucumán el
27/l0/l993
La rica
urdimbre textual, la polifonía de un lenguaje narrativo afín a la libertad
constructiva de la poesía sin que ello vaya en desmedro -todo lo contrario- del
relato, sustentan esta novela de Adolfo Colombres (...) Colombres narra un
complejo contrapunto entre planos internos y exteriores, recurriendo con
frecuencia a montajes escriturales casi cinematográficos, a la forma del guión,
al poema, a la letanía o a la frase cortada como un jadeo. El fruto es este
libro intenso, altamente recomendable.
Jorge Ariel Madrazo, en La
Prensa (Buenos Aires, 21/11/1993)
La gran
noche comienza con una invitación del narrador a imaginar un lago y
termina, luego de la exasperación de un lenguaje de gran densidad y belleza,
con el vacío, acaso la contracara inevitable de la cultura. (...) Esta prosa
rica, densa, da la impresión de haber desafiado el siempre vasto género
novelístico yuxtaponiendo los recursos del cuento, del texto, de la crónica,
del teatro, del guión cinematográfico y, por supuesto, de la poesía en sí
misma. Si en algo aparece Africa en esta novela es en la desmesura de un
lenguaje, que da la idea de que únicamente recurriendo a lo muy repleto, a lo
exultante, a lo desbordado se puede hablar de este continente.
Irma
Verolin, en El augur, Nº 11-12 (Asunción del
Paraguay,
diciembre de l993)
Sentimiento
trágico contenido, sensualidad insistente pero desesperada indican el indudable
fundamento vivencial de una novela construida con precisa intencionalidad.
Predomina el enfoque de la filmadora; el narrador da desde el comienzo
indicaciones de las tomas que se han de hacer, de las imágenes que se captarán,
de los sonidos, etc. Pero esta perspectiva externa que presenta espacios,
sucesos y personajes desde afuera, se compensa con monólogos interiores en los
que, los personajes aparecen desde dentro, desde el proceso de sus mentes.
Oscar Caeiro, en La
Gaceta (Tucumán, l9/l2/l993)
TIERRA INCÓGNITA
Texto de la contratapa
Tierra
incógnita es una novela del mar, una de las pocas que produjo la
literatura argentina, y también una novela de aventuras que se enmarca en
formas ya clásicas de este género. Transcurre en el Océano Pacífico y en un río
selvático de la costa ecuatoriana. Es la historia de un encuentro (o un
desencuentro) de un hombre maduro y una muchacha de temperamentos diferentes, a
los que sólo une el dolor de la libertad. El mar no es en esta obra una superficie
neutra que se extiende entre dos puertos, sino un ámbito fascinante, despojado
de máscaras y opuesto a la tierra. No obstante, es también aquí una metáfora
del alma, y la tierra incógnita no está acaso en ese río profundo por el que se
internan el hombre y la muchacha, sino en el corazón humano.
Juicios críticos
Al
terminar la lectura de esta magnífica novela uno piensa que es mucho más que un
relato de aventuras o, al menos, que encierra un doble registro: el de las
peripecias físicas que se suceden en mares, ríos y costas y el periplo interior
del descenso a las profundidades del alma para lograr un rescate espiritual.
María
Eugenia Valentié, en La Gaceta (Tucumán, l7/9/l995)
Tierra
incógnita es una novela del mar, una de las pocas que produjo la
literatura argentina, y es también una novela de aventuras -y por lo tanto de
aprendizaje- que se corresponde con las formas ya clásicas de este género.
Páginas cercanas al espíritu del autor de El corazón de las tinieblas, el
magnífico Joseph Conrad, cuyo homenaje puede entreverse en el transcurso del
relato, que une las historias de un hombre maduro y una muchacha, de
temperamentos diferentes pero identificados en la búsqueda inclaudicable de la
libertad.
Rosa Gronda,
en El Litoral (Santa Fe, l7/9/l995)
Tierra
incógnita es la muda desesperación de una escritura que multiplica los
matices, narra las sensaciones, reúne en la mirada el recuerdo de lo visto y se
ordena en el ritmo de la frase. (...) Las palabras escritas son como olas
que se alzan, curvan el lomo y se rompen. Al aire saltan las piedras y la
arena. Dejan atrás la tierra firme y vuelven a emprender su camino a la playa.
Rosanna
Nofal, en Siglo XXI (Tucumán, 3/l2/l995)
El autor cartografía
estos espacios, muestra sus invisibles redes, trabaja su capacidad metafórica.
De ese modo lo geográfico es traspuesto a lo imaginario. Así, el mar deviene
para el hombre del sur, su protagonista, en territorio del olvido. Navegar es
adentrarse en el vacío, en la ausencia de pasado. En su extensión puede
realizarse sin dolor el exilio. La tierra, en cambio, emerge como territorio de
la memoria. Allí bullen las historias de los hombres y la historia personal. Es
el lugar de las laceraciones y miserias. La atracción por la muchacha va
tendiéndose como un hilo de Ariadna entre el mar y la tierra, entre el olvido y
la memoria. Ella despierta en el hombre del sur el deseo de regresar a la
patria, de recuperar los orígenes.
Victoria Cohen Imach, en El
Periódico (Tucumán, l4/l/l996)
Tierra incógnita resulta
atípica como novela del mar en una literatura como la argentina, donde ha
predominado el paradigma de lo pampeano, hasta imponerse incluso como imagen
arquetípica nacional. (...) escritura cargada de sentido, donde la vida
adquiere una honda gravitación. Ajeno a la insoportable levedad de la letra,
que parece constituir el sello de estos últimos tiempos, Adolfo Colombres
figura entre los escritores argentinos que todavía tienen algo para decir.
María Rosa Lojo, en La
Nación (Buenos Aires, l4/4/l996)
EL DESIERTO PERMANECE
Texto de contratapa
Entre la
muy escasa narrativa sobre África producida por la literatura de América
latina, esta novela se destaca especialmente por la gran intensidad y
profundidad que alcanza. El desierto permanece es la historia de una
lenta caída en los abismos del alma, que llevan al protagonista a liquidar sus
bienes y partir al África Oriental en una aventura sin regreso, desdeñando los
brazos solidarios que se tienden para salvarlo, y en especial el amor de una
mujer.
Tras
algunas peripecias, que incluyen un guiño a Hemingway y el encuentro con una
antropóloga francesa que investiga sobre los sentidos del silencio, se interna
en una zona situada al este del lago Turkana, acompañado por un joven guerrero
rendille. En su larga marcha por las arenas, y acaso por el estado febril que
lo consume, empieza a ver a su guía como una amenaza mortal. La tensión se
acrecienta hasta el estallido, signado por una amarga ironía del azar que
desarma su andamiaje moral. Comprende así, aunque ya probablemente tarde, la
inconsistencia de su sentimiento trágico, del que hubiera podido escapar
situándose en la perspectiva de los pueblos del desierto.
Juicios críticos
El
desierto permanece en nosotros como un texto de original, por momentos
asombrosa belleza entre los escarabajos negros, altos termiteros levantados
como una joroba en la tierra reseca, los espejismos, la cúpula del cielo calentada
al blanco, matorrales tortuosos, espinas rígidas y velludas con una excrecencia
de odio. (...) De lo que leí de Colombres me parece se halla entre los más
lírico suyo. Como antropólogo, como viajero impenitente, como buceador de
geografías rojas, tenía que llegar hasta el final que es el África, o sea
también el principio de nuestra especie. Permanecer allí con sus
fantasmas y actores. Y entregarnos este singular y bello texto. Entre lo
que permanecerá de Adolfo está sin duda este desierto fértil. Una revisitación
distinta a Hemingway o Bertolucci. (...) Entre el sueño del mugido de cebúes,
el rebuzno de los asnos, los graznidos de los cuervos, los niños llorando, las
mujeres esbeltas pululando entre las chozas, los perros sin fuerzas de flacos
ladrando y una muchacha vestida de collares, en este páramo con la dureza de
una roca, la cara llena de rayas y puntos blancos, un adorno en el labio
inferior, ella con una lengua que tiene más de veinte verbos distintos para indicar
cómo camina una persona.
Eduardo Rosenzvaig, escritor. Tucumán,
noviembre de 2006.
Lo que no
tiene fantasmagoría ni nebulosa es el lenguaje de Colombres. La novela es
fascinante en un sentido literal. La prosa es casi poesía. Conmueve la manera
de contar una y otra vez ese mundo colorido y amenazante, bello e inmemorial.
(...) Esta novela de Colombres me enamoró y sólo puedo desear que la lean,
desde cualquier lugar. Quien ame los mitos tendrá hueso para roer. El que guste
de las aventuras, igual. Quien busque una historia para conmoverse y
reflexionar, venga a estas páginas. El desierto permanece es un
título absolutamente inolvidable.
Graciela Zanini, poeta y profesora de letras.
Buenos Aires, noviembre de 2006.
Se trata de una gran novela donde el uso del
lenguaje, el manejo de los tiempos narrativos y el interés de la trama nos
atrapan desde el comienzo y no podemos dejarla hasta llegar al final. (...) Lo
cierto es que Adolfo Colombres ya forma parte de la lista de los grandes novelistas
latinoamericanos.
María Eugenia Valentié,
en La Gaceta, Tucumán, 17/12/2006.
Detecto
la maestría del autor para hacer progresar una historia, no según un desarrollo
lineal, sino con avances y retrocesos. Mientras se desplaza por un espacio
físico (en este caso, los desiertos del norte de Kenia) realiza un viaje de
vuelta a otros tiempos, que lo remiten a su infancia en Tucumán y a la historia
vivida con una mujer. Superposición de tiempos y espacios distantes, y maestría
para unir escenas como en un montaje de películas. El personaje, a pesar de
circular sobre sus propias ruinas y declarar que no tiene nada que perder, ya
que está entregado a su autodestrucción, deja entrever sus principios éticos
con firmeza. (...) El desierto, asociado por lo común al vacío, es aquí el
soporte de otro espacio, el simbólico.
Blanca Nuri, poeta y periodista, Tucumán, noviembre
de 2006.
LA ETERNIDAD
Texto de contratapa
Esta nueva novela de Colombres se despliega en buena parte por escenarios sobre los que ya antes escribió, y hasta rescata personajes de otras de sus obras. A Ecuador, México y África se suman aquí las islas Marquesas, donde transcurre «El fulgor de los mares de coral». En ella se narra el viaje que realiza Edmundo en un velero de escasa eslora, y con un amigo, a través del Pacífico, luego de abandonar, por una crisis, familia y profesión. Cada vez más cautivado por el poder de las imágenes, tanto de esas islas como de su memoria, construye con ellas su propia eternidad, destilando lo esencial, mientras el tiempo se le escapa de las manos. Tales secuencias, según pasan los años, se irán comprimiendo, hasta convertirse en fotos fijas.
«Soles Negros» y «Las ígneas pavesas del tiempo», sus otras dos partes, tienen como principal personaje a Cristian, su hijo, un joven periodista que se exilia en Ecuador, y también a Verónica, que lo hace en México. Cristian, movido más por el afán de aventuras que por su profesión, realiza dos viajes a África. Las duras peripecias y las imágenes candentes lo irán acercando, con sugestivos paralelismos y sin que se percate, a la sombra de su padre. Más que el mito del paraíso, los une la seducción de una belleza lejana, intocable, que mantiene al deseo en tensión. Es que el aura precisa de la distancia, tanto para permanecer como para condensar el sentido de las formas y destilar el aceite esencial de las experiencias.
Con su temática profunda y su escritura intensa y trágica, tributaria de Conrad, La eternidad parece decirnos que, en definitiva, bastan unas pocas imágenes para resumir una larga vida. Sobre la obra del autor, dijo Luis Chitarroni: «La incomparable superficie de su prosa, insinuada por un estilo sin regodeos, oculta honduras imprevisibles en la novela contemporánea. Colombres ha emparejado la honestidad de la letra y la honestidad individual para ser, entre muchos o pocos, una persona y un escritor admirables».
Juicios críticos
Esta última
novela de Colombres es un juego de cajas chinas, en donde la historia es a su
vez otras historias que giran en puntos equidistantes para inquietarnos,
enloquecernos por momentos, desear llegar a su página final para descubrir no
sé qué otro mundo o simplemente sosegar nuestro espíritu y reconciliarnos con
la vida. Porque para entrar en esta vorágine, hay que tener preparados los
cinco sentidos. (…) La novela es también una historia de pasiones, de
personajes tan queribles que me parece conocerlos. Amé la vida de Edmundo,
viajé con él por las Islas Marquesas, me puse del lado de Verónica en México,
tuve deseos de sacudir a Úrsula por su impavidez, me enamoré un poco de
Cristian por su libertad. Todos ellos van y vienen por las páginas con total
desprendimiento de las formas. En una palabra, insurrectos, subvierten la
quietud, viven. También encontré en esta novela una solidez literaria profunda,
un engarzamiento exquisito de los acontecimientos, es decir, lo estético, un
lugar poco común y difícil de hallar. (…) Encontré aquí mucha poesía, mucha
belleza constructiva, revelaciones que dan cuenta de una madurez lingüística
superior a anteriores obras del mismo género. No en vano los personajes abordan
el arte casi como un modo de existencia, son pintores y fotógrafos que
abandonan la vida rutinaria de la ciudad para entregarse a la sensualidad de
las formas de otras realidades insondables. Todo gira en torno a la belleza que
cada protagonista descubre, vive, acecha. Incluso la misma eternidad es aquí
una panacea sutil en la que todos desean fundirse.
Fernanda Agüero, periodista y escritora.
Leído en el Museo de
Bellas Artes de Salta el 28 de junio de 2016.
En un mundo
violento y despojado de sentido por las comodidades capitalistas de la vida,
los personajes eligen la intemperie, con el sabor de Conrad y Bowles, para
habitar el núcleo sagrado del presente. Hombres que aman demasiado, presos de
la belleza y los fulgores oscuros de lo femenino, buscando el paisaje del
olvido que los sane; mujeres que emergen del abismo aprendiendo a volar como
mariposas, en la intensidad del destino de crear. Hombres y mujeres que ya no
pueden calzar máscaras ante el misterio, sin hogar, nómades con su propio
desierto a cuestas, encontrando su verdadero rostro. (…) Una novela de
intensidades, de contrapuntos, de mares encendidos, de anhelo incesante de
paridad andina, de luces y sombras que contrastan en las máscaras de lo humano
para develarse trágicamente, cuando “la aventura es otra máscara de la vanidad”
en Cristian, o como el mantra calcinante con el que Úrsula encadena a Edmundo:
“¿No ves que no soy nadie, que esta cara no es de nadie?”.
Verónica Ardanaz, poeta. Leído en el Museo de Bellas Artes de Salta
el 28 de junio de 2016
La eternidad
es una saga abierta en tres secciones, en tres pedazos del deseo que se cuajan,
que se unen y se separan. Pero hay una totalidad compacta del mundo que
describe lo utópico y lo simbólico. Una plenitud de esencia que conmueve. He
tratado de acercarme de alguna manera al autor, a su respiración. Colombres es
un artista de una gran prosa narrativa. Se desarrolla, diría, enorme en sus
acotaciones –me recuerda a Balzac-, intentando la piedra preciosa del hallazgo.
Pareciera que nada le es suficiente y narra, narra, empujado por la necesidad
nostálgica de buscar un tiempo que ya no existe. (…) Creo que estas condiciones
forman una malla, una bruma continuamente rasgada por los rayos luminosos que
transmite esta notable, incuestionable y bella novela de Colombres.
Julio Salgado, poeta. Leído en el Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires, el 30 de junio de 2016.
En la novela
La eternidad hay una mirada muy
mágica sobre los acontecimientos, algo así como un vislumbre de encantamiento. Manejas impecablemente las
estructuras, con mucha solidez narrativa y dominio del género. Tu novela tiene
esplendor y melancolía. Esa relación entre padre e hijo en dos tiempos
finalmente ensamblados, se despliega y se cierra con solvencia narrativa. La
agonía final del padre me conmovió sobremanera, ese concluir la vida mediante
pequeños rituales me pareció hinduista. Gracias por tu novela.
Irma Verolin, escritora, Buenos Aires, 27 de agosto de 2016.
Opinó
Abel Posse sobre el autor: “Su léxico es quizás el más extenso utilizado hasta
ahora en las letras argentinas”. Claro que sí. Y es tan eficiente ese léxico a
la hora de describir las Islas Marquesas –itinerario y meta irrenunciables- que
incluso llega a robar, tal como lo plantea Borges, hablando de un poeta que elucubró
un palacio con tal fidelidad que terminó por anularlo. (…) La notable labor del
autor como antropólogo contamina virtuosamente la novela. Si alguien deseara
rastrear las huellas del etnógrafo, no se decepcionaría.”
Mercedes Chenaut, escritora, La
Gaceta Literqaria,
San Miguel de Tucumán, 30 de octubre de 2016.
CICLO LO REAL Y LO IMAGINARIO
EL EXILIO DE SCHEREZADE
Texto de contratapa
Yasmine
ha nacido en una provincia del Norte, en el seno una familia sirio-libanesa. Al
inculcarle las tradiciones de Oriente, su madre, y especialmente su abuela
Amira, produjeron en ella tal fascinación, que terminó convertida en una febril
Scherezade, dedicada a recrear con sus marionetas las historias de Las mil
y una noches, en juegos eróticos potenciados por una minuciosa educación de los
sentidos. Su casamiento con Omar, lejos de atenuar estos juegos, los incentiva,
en un tiempo que se ha tornado difícil, por los males que depredan el
territorio de lo real. Agotado por este delirio, Omar la abandona y se instala
en el Sur. Ya a solas con su hija Fátima, de siete años, Yasmine se irá
hundiendo en un abismo, incapaz de renunciar a la mitología que la sostiene,
intuyendo que fuera de ella no encontrará más que miseria y vacío. La
trama se irá cerrando hasta dejarla sin escapatoria, ante una realidad
dispuesta a cobrarse la revancha.
Con esta obra el autor rinde homenaje a los
aportes culturales de la inmigración sirio-libanesa, tanto en su vertiente
ilustrada como en la de los humildes inmigrantes que supieron labrarse aquí un
futuro. De modo especial, celebra el esplendor de un imaginario narrativo
compilado ya por los persas, y luego adoptado y enriquecido por los árabes, así
como de otras artes exquisitas que alcanzaron la cima humana de la sensualidad
y el refinamiento, sin dejarse ahogar por las represiones de la religión.
Estamos ante una novela apasionante, que por
la universalidad de su tema y la elaborada riqueza de su lenguaje trasciende lo
regional. El humor que la atraviesa, siempre teñido con el aura de lo
maravilloso, no impide que el drama se vaya espesando en el fondo, como el
precio que deben pagar quienes se embriagan con la belleza del mundo.
Juicios críticos
Y así,
palabra a palabra, la vislumbre del deseo; deseo que abrasa, que enciende, que
arde, como si de alguna manera mágica e inexorable, el lugar de ese deseo no
pudiera ser otro que el del dolor a la vez que del gozo, una presencia
caprichosa y efímera que señala una evanescencia; un camino de búsqueda y de
encuentro siempre desplazado, siempre prometido y a la vez menesteroso,
carente, incompleto.
Álvaro
Zambrano, crítico literario y profesor de letras, en una conferenciadictada en
Salta el día 27/10/2009
Adolfo
Colombres se hace eco de este llamado de Oriente y de esta idea de infinitud,
de obra abierta que puede ser continuada en estas tierras. Las narraciones de Yasmine,
la protagonista, en principio aprendida de su abuela Amira, adquieren vuelo
propio y bien podrían incorporarse a Las mil y una noches, como fue
aconteciendo en el origen. El autor sabe crear metáforas sutiles de los juegos
amorosos. Destaca el valor de la sensualidad como una forma de percibir el
mundo y de vivir. Exquisitez de los sentidos y capacidad de crear mundos de
ficción dan sentido a la vida de Yasmine, a la de otras mujeres en la historia
y tal vez a la del propio autor. Es rigurosa la investigación que sustenta esta
obra ficcional, con datos verídicos sobre la inmigración árabe, que sellan un
pacto de credibilidad con el lector. En el texto hay latidos, pulsaciones, hay
ritmo y sonoridad de Oriente, en consonancia con las pulsaciones de Yasmine,
la que al igual que Scherezade ha llevado a los límites su condición de
mujer... Si la comparamos con la Scherezade de Las mil y una
noches, quien salva su vida gracias a la palabra, y salva al propio sultán
porque lo conecta con la vida, esta Scherezade en el exilio de la novela de
Colombres, aun teniendo los mismos recursos de la narración y la
sensibilidad, no logra con ello evitar su destino trágico. Su sensualidad,
llevada al extremo, la acerca más bien a su propia muerte. Por otra parte, la creación
de un mundo imaginario no le alcanza para fijar amarras en la
realidad....Adolfo Colombres enuncia verdades aun cuando lo hace desde la
ficción, o justamente porque escribe con la libertad que le da la ficción..
Propicia lo que puede llegar a ser un lento aunque fructífero trabajo de
convergencia y entendimiento, a pesar de las diferencias entre los distintos
grupos humanos.
María Blanca Nuri, periodista
cultural, en la revista CCC TV por cable, Tucumán, Nº 273, enero de 2010.
Al igual
que en Las mil y una noches, en El exilio de Scherezade, de Adolfo
Colombres, los relatos surgen el uno del otro, como cajas encerradas en otras
cajas, con un lenguaje virtuoso en el que subyace una poesía implícita. Las
descripciones sobre Medio Oriente fluyen precisas y convincentes, cruzándose
con el Tucumán de la inmigración sirio-libanesa del siglo XX. (...) Detrás de
la alegoría de los sueños y la imaginación de los protagonistas hay intensas
reflexiones sobre el amor, la pasión, la posesión del cuerpo y del alma del
otro, la fidelidad y la libertad de la mujer. (...) también referencia
indudable de esta novela de Colombres que enlaza las historias de amor con el
misterio y la reflexión que tal vez cabría extender a las tramas del Nobel turco
Orhan Pamuk en Me llamo Rojo o en El libro negro. Hacia el final
de la novela los paisajes oníricos se intercalan con un espacio cruelmente
real, conocido por todos los argentinos y asumidos por muchos menos. En este
plano, como en el anterior del ensueño, la buena literatura que propone
Colombres se palpa, se huele, se oye, se degusta, se ve como el conocimiento de
los sentidos que la abuela Amira le inculca a Yasmine en un exilio que no
concluye.
Omar Ramos, en Radar, suplemento
cultural del diario Página 12, Buenos Aires, 10/1/2010.
EL CALLEJÓN DEL SILENCIO
Texto de contratapa
Esta
última novela de Colombres continúa el ciclo abierto con El exilio de
Scherezade, aunque puede leerse con total independencia de ella. No se trata ya
de desplegar el imaginario fabuloso de Oriente con un contrapunto trágico, sino
de ahondar en la complejidad del diálogo entre realidad y ficción, presente en
la anterior. Más de la mitad de la obra viene a ser un texto literario inserto
en la novela, y el resto un viaje por los desiertos interiores de un
narrador-personaje (Rodrigo) que busca dar forma y vida a un personaje femenino
(Vera, una fotógrafa extravagante) que se alimenta con los caracteres de Fátima
y otras mujeres reales de su entorno. Este constante juego de espejos nos
permite ver hasta qué punto la ficción acerca más a la cruda verdad de los
seres que la llamada realidad, regida por las apariencias de lo fenoménico. La
mirada de Vera se balancea sobre los detalles y juega con ellos como la luz,
descuidando el conjunto para centrarse en lo nimio, en las fisuras por las que
se filtra lo maravilloso. En definitiva, es el ojo el que construye a la
realidad y la modifica. Esta mirada de Vera (como la de Fátima, en el plano de
lo real) está teñida de amor a lo que se desvanece, y apela a la
fotografía para devolverle la dignidad perdida y hasta teñirlo con la pátina de
lo sagrado. El silencio es aquí la poesía que rodea a las cosas, poniéndolas en
valor y salvaguardándolas del vaciamiento del lenguaje que hace al clima de fin
del milenio en que se mueve la obra.
Estamos ante una novela-río de gran potencia
narrativa, cuyo lenguaje oscila entre la amable simpleza de lo cotidiano y los
densos campos metafóricos y oníricos donde los seres imaginarios conviven con
los reales, no sin tensiones. Como si ambos fueran a la postre fantasmas,
aunque unos nunca llegaron a tener un cuerpo y otros se separaran por momentos
de él para aventurarse en las penumbras de lo numinoso. Toda esta materia narrativa
se expande en una gran diversidad de escenarios, que se presentan como
una summa de los territorios literarios ya frecuentados por el autor
(el Noroeste argentino y África), así como de otros apenas abordados antes
(Buenos Aires y la Patagonia).
Juicios críticos
Maestría
de un gran contador de historias, que posee como sello distintivo en su
narrativa la profusión de imágenes, entregadas al lector como un ramo variado y
caleidoscópico, que envuelve y sostiene hasta el final. El lenguaje rico,
suculento en su lujuria, sugiere por momentos el puntillismo se Seurat por lo
precioso, preciso y detallado de las descripciones de ambientes, de personajes,
de paisajes, y cuando tomamos distancia de lo circundante o periférico,
aparecen fragmentados como en una pintura de Miró. Es decir, de la dimensión
del lenguaje llegamos a la de la plástica, y de allí arribaremos ciertamente a
la música. (...) El Callejón del silencio, además de ser una novela
estupendamente escrita, nos muestra –aun sin ser éste su propósito manifiesto-
a un autor sensible, gentil. A un creador que explora los recovecos, los
túneles de lo humano, para dar una visión, ni romántica ni desesperada, sino
estremecida, de la travesía que todos, sin excepción, hacemos.
Graciela Zanini, poeta y
licenciada en Letras, en La Marea. Revista de Cultura, Arte e Ideas, Nº
36, Buenos Aires, Invierno de 2011
No es
fácil describir la estructura propia de este texto, de maravillosa complejidad
y las producciones discursivas que allí se superponen. (...) La consecuencia
más notoria de la alternación del nombre de Fátima a Vera es una modalidad del
“resurgimiento” textual. Lo que estabiliza y reconcilia la diferencia entre las
dos versiones del personaje es la unidad de la novela como arte visual. La
descripción minuciosa de los espacios-tiempo y de los paisajes prevalece a lo
largo el relato: paisajes urbanos y del sur y el norte argentinos se alternan
con paisajes exóticos de África. (...) El callejón del silencio es
una novela de vanguardia, entendiéndose como vanguardia aquel movimiento que
parte de la visible ruptura con el pasado y agrede al convencionalismo en
provecho de la autonomía del arte. Si en beneficio de la novedad de la novela
se permite usufructuar la categoría cine, se trata de un cine especial, que
parte de imágenes fijas y las anima. Este libro de Colombres es un universo
ilimitado de imágenes-movimiento, imágenes citadas e imaginadas que no cesan de
ensamblarse a lo largo del relato.
Sylvia Valdés, teórica del arte.
De un texto leído en la Biblioteca Nacional el 20 de mayo de 2011
El
proceso narrativo de El callejón del silencio impone un interesante
juego literario: la enunciación que enuncia la novela que se está por escribir;
un ritmo agotador donde ésta se va escribiendo en la medida que avanza, y donde
todo lo demás parece nada en aras de proclamar la escritura. (...) Por estos
caminos de hacer la escritura de la novela y enredarse entre la ficción y la
realidad, donde parece no haber límites, donde los límites se borran o se le
escapan a la escritura, el discurso manifiesta la encrucijada entre literatura
y realidad. O sea, por dónde va lo imaginario y por dónde lo que no lo es, lo
que se pretende materializar. Acaso el amor, pero el narrador sabe que
enamorarse de Fátima, el modelo, y no de Vera, el personaje que va creciendo de
su sombra y buscando su autonomía, sería perder distancia y traicionar a la
literatura. (...) El discurso ingresa a la sombra de lo metafísico y lo
fantástico: el mundo misteriosos de los muertos, las alucinaciones, la magia de
vivir con los fantasmas y la desesperación de no poder atraparlos; o la
nostalgia de los buenos tiempos compartidos y la imposibilidad de recuperarlos.
Allí es donde el arte se muestra capaz de llegar a lo esencial de la
experiencia a través de pequeños fragmentos, de los vacíos y las elisiones, o
sea, de los silencios, porque a veces hasta la palabra tiene límites, mientras
que el silencio es aquello impreciso, indeleble, eterno.
Liliana Massara, profesora de
Letras. Texto leído en el Museo de laUniversidad Nacional de Tucumán, el 11 de
mayo de 2011.
¿Cuál es el límite entre la realidad y la ficción? Es la pregunta que sobresale mientras se lee El
callejón del silencio de Adolfo Colombres. Desde las primeras páginas de
esta novela asoma el duende de la aventura, que nos conduce por múltiples
historias y personajes hacia mundos insospechados, dentro de un camino de
lenguajes, formas y contenidos poéticos, filosóficos, cotidianos. (...)
Inmediatamente la novela se resignifica y es inevitable dejarse llevar por los
recovecos de El callejón del silencio, sintiendo que se es un personaje
más. Es que Adolfo Colombres tiene el cuidado de trabajar los contenidos, como
si se tratasen no sólo de realidades de la novela, sino de realidades que
abarcan al lector, de tal forma que, como en el caso de la
Cofradía que establece un juego para los personajes, el autor pretende
introducirnos en su propio juego, sustentado por la memoria y el tiempo, y debatidos
éstos –la memoria y el tiempo- entre la ficción y la realidad, tanto en los
ambientes novelados como fuera de ellos, en lo que podría asumirse como
“realidad real”, aquella lidiada día a día, aquella en la cual existimos como
seres concretos, materiales. (...) En este juego fascinante entre la ficción y
la realidad volvemos a confirmar que la literatura nos redime y que el arte
conlleva el derecho a la sensibilidad, el derecho a soñar e imaginar,
cuestiones que parecen no entender quienes detentan los poderes políticos y
económicos del mundo, escudados en la realidad despiadada de la explotación de
los seres humanos y de la naturaleza. Gracias, Adolfo, por tu hermosa novela.
María Eugenia Paz y Miño,
escritora ecuatoriana. Leída en la sede central de la FLACSO, Quito,
el 28 de junio de 2011.
LA VIDA NO BASTA
Texto de contratapa
Fátima,
la protagonista de este extraño relato, es un ave sin nido que huye, esquiva
como una sombra. Mientras su cuerpo flota en la bruma y el silencio de los
valles del Noroeste, su mente recorre otros paisajes de la memoria o de los
sueños. Su vida no parece estar ya en ninguna parte, y tampoco la busca en los
caminos. Prefiere verlo todo desde el prisma de sus personajes y sus dobles,
para explorar junto con ellos el bosque de lo real. Sabe que quien se empeña en
perseverar, evitando todo riesgo, se estanca, y que para trasponer el umbral de
lo maravilloso deberá vencer antes sus miedos, dejándose mojar por las lluvias,
humedecer por los rocíos. Logra así ir mudando de piel, aunque no saciar la
sed, pues para ello la vida no le basta. Sabe también que el mundo está lleno
de cólera y acción, y que por mirar a ambas con desdén se ha quedado afuera,
fiel a su principio de no forzar los sentimientos. Enredada en sus telarañas,
no le resta más que alimentarse con la poesía de las realidades paralelas,
recuperando en este empeño las imágenes de África y otras geografías que
trajinó. Retoma a la vez su oficio de fotógrafa, con el que se entrega a la fiesta
de las más puras percepciones, hasta pisar los límites de la locura. Si hacerse
invisible es una cualidad de los buenos fotógrafos, ella lo va consiguiendo,
aunque más que el arte en sí la subyuga el poder de las formas, los pálidos
reflejos de las cosas que se extinguen. Irá de este modo enterrando con los
debidos rituales los cadáveres que arrastra por el mundo, y para salir de su
ruina moral, borra a conciencia sus propias señas de identidad, desconectándose
de su cuerpo.
Esta novela de Columbres cierra el ciclo iniciado con El exilio de
Scherezade y proseguido por El callejón del silencio. Con una
escritura tan poética como intensas, redobla aquí en profundidad la apuesta
inicial de confrontar en un deslumbrante juego de espejos lo que llamamos
realidad y la ficción, esa enmadejada dialéctica en que vida y literatura se
disputan el dominio de la verdad, entendida esta como el aceite esencial de los
seres y las experiencias.
Juicios críticos
Con los
instrumentos afinados de una pericia narrativa y un develador arbitrio poético
se interna en el mundo de los seres, construyendo planos imaginarios en los que
tanto puede alzar un palacio oriental en el desierto puneño, como unir los
paraísos mortales de la naturaleza con los inmortales del mito, donde el
paisaje resulta más poblado y activo en su metafísica que en la realidad. (...)
En ese peregrinar entre los planos, donde se suceden, transmutándose, pasiones,
sueños, vida y muerte, La vida no basta se expande como una novela y
se cierra como un poema, dejándonos dentro de una historia encendida, llena de
mundos. Adolfo Colombres, talentoso y poseído, los ha hecho girar, vivos,
visibles e invisibles, como los remolinos que se llevan todo para siempre. Raro
poder ese. Dicen que lo mismo hace el Diablo.
Leopoldo Castilla,
Revista Ñ, Buenos Aires, 16 de marzo de 2013
Hay otra
imagen que me ha perseguido a lo largo de la novela: la de capas superpuestas
que van acomodándose a medida que transcurre el relato. Es tan vívido, que las
palabras permiten ir dibujando a la par, como en la niebla de un río, las hojas
sueltas. No las del libro, sino las que nos brinda Colombres, tal vez sin
saberlo. Unas hojas transparentes que cargan el amor y el mundo más oculto de
Fátima. Lo oculto, lo que no se dice y fluye por las rendijas y por sobre todo
el paisaje interior de los personajes.
Isabel
Aráoz, leído en Tucumán, el 20 de marzo de 2013.
Las
imágenes son juegos de espejos, pero no de espejos borgeanos. Son los espejos
americanos precolombinos, los espejos cóncavos de piedra negra pulida, que
Fátima lleva en su viaje, para adentrarse poéticamente en los refle4jos de las
aguas de la vida. Y los espejos nos reflejan también a nosotros, los lectores,
que hacemos un viaje de exploración de lo sagrado femenino del mundo, que ha
sido mutilado en nuestra cultura. La novela alterna diversas voces, porque
también es el viaje de un narrador que se adentra y se desencarna de diversos
modos en las múltiples realidades de la novela. Y también, a medida que Fátima
va nombrándose en su viaje, se adensa el lenguaje de lo narrado, hasta
concentrarse en imágenes poéticas y reunir las huellas dispersas.
Verónica Ardanaz, leído en Salta,
el 21 de marzo de 2013
ESA LUZ QUE CIEGA
Un
viejo navegante solitario que se desliza por las grietas del tiempo, ya sin
barco, llega a Punta de los Lobos, un pequeño pueblo marino de la Patagonia, para seguir
removiendo sus cenizas. En la
Posada del Silencio, donde se hospeda, conoce a Diego., otra
alma devastada, al igual que él, por una turba salvaje de imágenes,
sensaciones, recuerdos y palabras punzantes. Ambos padecen un dolor que no
intentan suprimir, por ser ya lo único que los sostiene en pie. En el caso del
navegante, llamado aquí “el Capitán”, es una historia trágica ocurrida en la provincia
de Esmeraldas., Ecuador. Diego, por el contrario, es un modesto profesor de
filosofía que macera sus recuerdos juveniles de Tucumán y su exilio en México,
como buscando alcanzar el fondo de lo real, aquello que lo dejó fuera del mundo
para siempre.
En ese pueblo ambos conocen a Maira, una
bella muchacha que arrastra la tristeza por la muerte de su madre, el asesinato
misterioso de su padre y un amor sin futuro. Maira crece en sabiduría con los
relatos de estos dos hombres solitarios, a la vez que los empuja a rememorar su
propia vida, a la que ellos consideran
un fracaso. Enigmas sin resolver. Viejos deseos convertidos en mansos recuerdos.
El resplandor de las costas tropicales que deviene un tributo a Conrad. Y sobre
todo, en la expiación de la culpa que le toca al Capitán por haber llevado a su
mujer a la muerte en los tiempos de plomo que vivió el país, y luego a otras
tres personas humildes, cuyas muertes de pájaro dejan a su épica sin un
sustento ético. Va ahora a esa costa dispuesto a morir, con un revólver al que
debe su vida.
El dolor de Diego, en cambio, no acaricia
ninguna épica, y ni siquiera descolló en su cátedra universitaria. El deseo fue
para él un ave ingobernable, aunque no era de los que luchan por lo que aman,
sino de quienes se dejan llevar por los vientos de la vida. Para redimirse de
sus tibiezas, precisaba el poder de un gesto fuerte, como levantar los ojos
hacia esa luz que ciega hasta decir basta.
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